La geografía del alma
Algunas de las imágenes de esta playa las tomé durante mis primeros años en Puerto Madryn, y desde hace un tiempo empecé a preguntarme qué hacer con ellas. En una de mis tantas caminatas matutinas por estas playas del centro, decidí detenerme. Simplemente me senté a valorar el contacto visual con la naturaleza que me rodeaba, intentando descubrir detalles que, muchas veces, la rutina del paseo, me impedía apreciar. La calma de una mañana sin viento, la inmensidad del cielo reflejada sobre la bajamar, el silencio interrumpido apenas por el sonido lejano del mar. Aquel día tuve la sensación de que ese paisaje permanecería en mi memoria como un recuerdo especial.
Seguramente no todos percibimos una misma imagen del mismo modo. Las emociones, las experiencias y los momentos que atravesamos condicionan nuestra manera de observar. Sin embargo, cada vez que vuelvo a ellas, me sigue sorprendiendo la manera en que el mar y el cielo parecen fundirse en un mismo horizonte interminable, como si en algún punto invisible ambos formaran parte de una única escena.

Cuando la marea baja descubre la playa, el paisaje adquiere como una especie de pintura. El reflejo del cielo sobre la arena húmeda convierte este lugar en un cuadro en el que confluyen la tierra, el mar y las nubes. Más de una vez imaginé alcanzando el cielo con las manos, como si Dios estuviera a centímetros de mi cabeza.
Regresé varias veces a este lugar. No porque pretendiera tomar mejores fotos sino para volver a encontrar esta misma paz. Con el tiempo decidí adoptarlo como un espacio espiritual en el cual poder hablar con Dios, ordenar mis pensamientos y encontrar respuestas que no siempre llegaban en palabras. Y también, en algunos momentos, poder sentirme más cerca de quienes ya no estaban entre nosotros, en algunos momentos sentí que estirando el brazo podría llegar fácilmente a ellos. No porque sintiera que realmente estaban allí, sino porque hay paisajes que tienen esa extraña capacidad de acercarnos a las personas que extrañamos.
Muchas cosas fueron modificando mi vida a lo largo de los años: la meditación, los hábitos saludables, las pérdidas, los aprendizajes y los nuevos comienzos. Pero este lugar me enseñó que algo permanece. Porque muchas veces creemos que los grandes momentos de la vida suceden en acontecimientos extraordinarios, cuando en realidad pueden estar escondidos en los detalles más simples.

En algunas ocasiones me he sentado a pensar qué haría si me tuviera que ir de acá. Desde hace muchos años tomé la decisión de adoptar al sur como mi norte, mi lugar en el mundo, el espacio que elegí para echar raíces; el paisaje en el que siempre soñé que podría aceptar como propio y así convivir, y que luego de casi dos décadas, forma parte inseparable de mis emociones.
Me sería difícil desprenderme de este lugar. Desconozco la razón, pero me cuesta imaginar algo así. No me concibo lejos de este entorno natural que me adoptó desde hace tantos años y que terminó transformándose en mi refugio.
La rutina suele arrastrarnos. Corremos detrás de obligaciones, horarios, pantallas, preocupaciones, y muchas veces olvidamos detenernos a reconocer aquello que nos hace bien. Nos cuesta advertir que hay experiencias capaces de devolvernos la calma, el asombro y la alegría más genuina. Con el paso de los años comprendí que hay pocos lugares donde encontrar una paz como la que encuentro acá, sentarme frente al mar, abrir el corazón, respirar hondo y nutrirme de todo aquello que la madre tierra me ofrece, sin pensar siquiera en el tiempo que transcurre, dejarme llevar y sorprender por los amaneceres, los atardeceres y el contacto con los animales marinos que me cobijaron desde que llegué; observándolos en silencio y sosteniendo su calma, únicamente teniendo el sonido del mar como telón.
Desde entonces cada vez que vuelvo a estas fotografías, no veo solo una playa de Puerto Madryn. Veo el lugar en el que aprendí que la paz no siempre se encuentra. A veces, simplemente, nos espera.