Amanecer
La playa amaneció cubierta por una luz pálida, como si el mar hubiera pasado la noche entera respirando bajo el frío de este invierno patagónico, que nos corta el aire y nos ha sorprendido demasiado temprano este año. El viento nos atraviesa el rostro con ese tibio silbido que parece venir de otro tiempo. A lo lejos, el amanecer, profundamente solitario a esta hora, parece extenderse sin rumbo fijo. Como algo característico de los amaneceres en la ciudad, el mar y el cielo se confunden en una misma tonalidad rojiza, como si el horizonte hubiera querido apagar sus propios límites.
Adopté a Puerto Madryn hace varios años. Sus playas tienen una característica particular: no imponen belleza desde el primer golpe visual, sino que logra aparecer lentamente; no muestran ruido ni agitación. La marea está baja y muestra enormes espacios donde la arena parece prolongarse sin poder distinguir su final, aquel donde el silencio muestra una presencia real. De vez en cuando, alguna que otra gaviota, tímidamente, atraviesa el cielo y el sonido de las olas se acerca suave, como una respiración lenta y constante.
