La última espera

Elena es una mujer de setenta años recién cumplidos. Vive sola desde hace mucho tiempo en una casa ubicada en uno de los barrios menos poblados de Cañadón Seco, en la provincia de Santa Cruz. Su familia siempre había vivido en Puerto San Julián, pero tenían esa casa en el norte de la provincia para descansar durante los fines de semana. Está alejada del pueblo y son pocos los vecinos que tiene alrededor. Perteneció a sus padres y ella se niega a venderla aunque sus hijos insistan.

Tiene una extraña costumbre, —casi como un ritual—, todas las noches a las 2:20 de la madrugada enciende las luces de la entrada y abre la puerta. No importa que sea invierno, que el viento patagónico golpee contra las paredes, que el silbido perfore sus oídos, o que durante las noches más frías, la escarcha cubra el pequeño sendero que conduce hasta la casa. Enciende la luz, abre la puerta y espera unos minutos mirando hacia la oscuridad. Algunos vecinos, los más antiguos, conocen la historia aunque prefieren no hablar demasiado de ella.

Elena tenía poco más de treinta años cuando Julián, su hermano, desapareció. Una noche discutió con su padre, salió de esa misma casa y nunca volvió. La familia dijo que se había ido. Unos años después, en el pueblo comenzó a rumorearse que había cruzado la frontera con Chile, vía Río Gallegos. Como suele suceder en los pueblos lejanos, muchos asegurar haber visto o escuchado cosas, pero que pocos pudieron fundamentar o comprobar.

Elena nunca creyó en esa historia, porque ella sabe lo que algunos desconocen. La misma noche de la discusión, su hermano regresó. Aquella madrugada, ella escuchó tres golpes en la puerta a las 2:20. Oyó que su padre se levantó, abrió la puerta, caminó por el pasillo, entró, salió, se escucharon voces y finalmente una fuerte discusión. Luego, todo era silencio, nadie más dio cuenta de lo que pasó aquella noche. Sus padres fallecieron sin confesar nunca nada.

Elena fue la única heredera de esa casa. Durante décadas, la dio vuelta buscando pruebas. Removió papeles, abrió cajones, revisó viejos álbumes de fotos, interrogó a personas que conocían a su familia, pero casi nadie recordaba información de la época. Nunca encontró alguna respuesta que lograra convencerla. Hasta que una noche, mientras ordenaba un armario que pertenecía a su padre, vio una caja metálica, escondida detrás de una tabla grande de madera. Encontró una llave, una foto de su hermano y una carta que podría haber sido escrita uno o varios días después de la desaparición de Julián. Comenzaba con una frase, que decía: «Hermana, si algún día logras encontrar esto, significa que te animaste a buscar el cuarto en el que papá nunca quiso que miráramos».

Al leerla, Elena pensó que en aquel cuarto significaba descubrir algún secreto que había permanecido oculto durante mucho tiempo y que ella desconocía. Finalmente, pudo abrir la puerta. Tuvo la intuición de que alguien había estado allí hasta momentos previos. Se dirigió hacia el subsuelo y entró. El aire olía a humedad y encierro. Una gruesa capa de polvo cubría la mesa, la cama y los estantes. No necesitaba pasar el dedo por los muebles para confirmarlo, nadie había entrado en mucho tiempo. Pero sobre la silla había una campera de jean, era la misma que Julián llevaba aquella noche. Sobre la mesa seguía la taza que él usaba con frecuencia, junto a dos libros y un paquete de cigarrillos, que ya hasta se veían amarillentos por el paso del tiempo. Todo parecía estar donde alguien lo había dejado muchos años atrás.

No era su intuición, era ella que no había logrado salir de aquella madrugada. Desde entonces, Elena encendió la luz de la casa y abrió la puerta. Sin embargo, afuera la noche patagónica estaba clara, cientos de estrellas se extendían sobre la estepa, y muy a lo lejos, apenas lograban verse algunos cerros perdidos en la oscuridad. El viento había disminuido, y por primera vez en mucho tiempo, Elena pudo escuchar el silencio.

Habían pasado cuarenta años desde esa madrugada, pero una parte de ella continuaba preguntándose qué habría sucedido si esa noche hubiera salido de su habitación, si se hubiera enfrentado a su padre. Si hubiera sido ella quien hubiera abierto la puerta.

Al principio, esperó que todo eso hubiera sido una pesadilla, y conservó la esperanza de que Julián regresara. Después, los años transformaron esa esperanza en costumbre y la costumbre en ritual. Ya no sabía si abría aquella puerta para que su hermano pudiera volver o para pedirle perdón por no haber estado allí cuando volvió. Pero esa era una noche diferente.

Ahora sabía que la campera que llevaba Julián había quedado en aquel cuarto, junto con el resto de los objetos y muebles. Mientras ella había recorrido esa casa durante años en busca de alguna respuesta, una parte de la vida de su hermano había quedado en aquel subsuelo.

Ya eran las 3:25, el viento volvió a soplar con fuerza en la estepa. Apoyó su mano en la puerta, dio unos pasos hacia afuera, miró hacia el sendero vacío con la escarcha cerca de sus pies. Quizás Julián ya no necesitara encontrar una luz encendida para saber cómo volver. Probablemente, ella necesitaba dejar de esperarlo. Permaneció unos instantes más, bajo ese cielo inmenso. Después entró en la casa, y por primera vez en cuarenta años, esa hermana que lo esperó, decidió cerrar la puerta y apagar las luces. Afuera nada cambió, las estrellas siguieron brillando sobre Cañadón Seco, pero dentro de la casa, por primera vez, desde aquella madrugada, eran más de las 2:20.

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