Más allá del tiempo


En los renglones de la vida, la amistad siempre termina siendo la mejor lectura. Hay historias que se escriben a partir de acontecimientos extraordinarios. Otras, en cambio, se construyen casi sin que uno lo advierta, a fuerza de conversaciones interminables, abrazos sinceros, silencios compartidos, y una presencia constante que nunca necesita anunciarse. Hay personas que llegan a nuestras vidas para acompañarnos durante una etapa. Pero existen otras que se quedan para siempre.
Muchas veces me pregunté qué hace que una amistad logre atravesar décadas sin perder su esencia. Con los años entendí que la respuesta no está en el tiempo, sino en la confianza. En esa tranquilidad inmensa de saber que existe alguien ante quien uno puede ser auténtico. Alguien cuya nobleza, lealtad y honestidad nunca dependió de las circunstancias.
Vos sos esa persona. El mejor amigo que tengo y en quién más confío. Un puerto seguro al que sé que siempre puedo llegar sin dudarlo. Saber que estás ahí da sosiego. En un mundo tan hostil, donde tantas cosas cambian, tu amistad se transformó en uno de esos pocos lugares que el tiempo no consigue mover. Un verdadero tesoro.
Nos tocó enfrentar la vida. Ver cómo todo nos sorprendía una y otra vez, celebrar alegrías que todavía nos hacen sonreír y atravesar dolores que dejaron marcas profundas. Aprendimos que el tiempo transforma muchas cosas, pero también descubrimos que existen algunos vínculos capaces de atravesarlo sin perder su esencia. Y cada vez que volvimos a encontrarnos, la amistad seguía esperándonos exactamente en el mismo lugar donde la habíamos dejado.
Compartimos muchos años de historias. Vivimos momentos felices que todavía me dibujan una sonrisa cuando los recuerdo y otros profundamente dolorosos que solo nosotros sabemos cuánto significaron. La vida cambió muchas cosas. Nosotros cambiamos. Sin embargo, tener la certeza de que siempre podía encontrarte del otro lado, se mantuvo intacta.


Con el paso de los años entendí que las personas no se vuelven valiosas únicamente por lo que hacen, sino por la forma en que eligen estar en la vida de los demás. Sos un músico excelente, pero no te admiro solamente por lo que haces arriba del escenario. Por sobre todas las cosas, admiro la persona que sos y los valores que representas. Porque el verdadero reconocimiento de un ser humano no está en lo que hace en su vida profesional, sino en la huella que deja en quienes tienen la suerte de quererlo. Hay personas que despiertan admiración todos los días. Pero son pocas las que reciben una descripción fiel de quiénes son cuando nadie las está mirando.
Hace un tiempo, mientras compartíamos una de esas charlas extensas y divertidas que solo nosotros sabemos tener, una brisa dejó caer dos pequeñas hojas justo entre dos botellas de cerveza con limón. Cada uno de nosotros se quedó con una hojita. Todavía conservo la mía. Hay momentos que no necesitan explicaciones. Alcanzan para recordarnos que algunos vínculos también saben hablar en silencio.
Brindo por este vínculo que construimos y por los capítulos que todavía nos quedan por escribir. Deseo que la vida nos siga regalando tiempo. Tiempo para reencontrarnos, para seguir compartiendo el pan de la memoria, para volver una y otra vez sobre esas historias que solo nosotros conocemos y descubrir que, incluso después de tantos años, siguen teniendo la capacidad de emocionarnos.
Porque las amistades más valiosas no son las que pasan por nuestra vida. Son aquellas que, casi sin darnos cuenta, terminan convirtiéndose en una parte de nosotros mismos.
No quería dejar pasar este día sin regalarte algo que pudiera quedarse con vos cuando las palabras de este 20 de julio de 2026 ya hubieran pasado.
Dedicado a mi amigo Osvaldo Y. Murad Passarell
Nancy Viviana Silio